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Durante años, el modelo dominante de ciberseguridad ha sido claro: detectar, investigar y responder. Los centros de operaciones de seguridad (SOC) se diseñaron para cumplir con ese objetivo y han sido fundamentales para contener incidentes reales. El problema no está en su existencia, sino en la expectativa que se construyó alrededor de ellos: pensar que reaccionar rápido es lo mismo que reducir riesgo.
Hoy sabemos que no lo es.
Las organizaciones operan en entornos digitales que cambian constantemente. Nuevos activos aparecen todos los días, las configuraciones se modifican, las identidades se mueven entre plataformas y las superficies de ataque crecen sin pausa. En ese contexto, esperar a que una alerta indique que algo está mal significa aceptar que el riesgo ya se materializó en cierta medida. La reacción, por eficiente que sea, siempre llega después.
El falso sentido de control
El enfoque reactivo suele generar una sensación de actividad constante: consolas con eventos en tiempo real, equipos investigando incidentes, reportes de respuesta. Sin embargo, esa intensidad operativa no necesariamente se traduce en una reducción sostenida del riesgo.
Muchas organizaciones pueden responder a incidentes cada vez más rápido y, aun así, mantener la misma exposición estructural durante meses o años. Vulnerabilidades críticas sin remediar, activos desconocidos, configuraciones débiles o privilegios excesivos siguen ahí, fuera del ciclo de las alertas.
Desde la perspectiva del negocio, esto es clave: responder bien no significa estar menos expuesto.
El problema no es la detección, es el momento
La ciberseguridad tradicional se activa cuando algo ya está ocurriendo: un comportamiento anómalo, un intento de explotación, un movimiento lateral. Pero en ese punto el adversario ya encontró una condición favorable.
Gestionar el riesgo de forma moderna implica cambiar la pregunta de
“¿qué está pasando ahora?”
a
“¿qué condiciones existen hoy que podrían convertirse en el próximo incidente?”
Ese cambio de enfoque mueve a la organización de la reacción a la anticipación.
Más herramientas no resuelven el problema
Para compensar este modelo, muchas empresas han sumado nuevas tecnologías. Más visibilidad, más fuentes de datos, más alertas. El resultado suele ser el contrario al esperado: fatiga operativa, prioridades poco claras y equipos enfocados en lo urgente en lugar de lo importante.
El reto no es la falta de información, sino la falta de contexto para entender qué riesgo tiene impacto real en el negocio.
Un modelo moderno no busca generar más eventos, sino reducir de forma medible la exposición.
La brecha entre operación de seguridad y riesgo de negocio
En el enfoque reactivo, los indicadores clave suelen ser técnicos: número de incidentes detectados, tiempo de respuesta, volumen de alertas procesadas. Son métricas valiosas para la operación, pero difíciles de traducir en decisiones estratégicas.
La alta dirección necesita entender otra cosa:
qué tan expuesta está la organización,
qué riesgos afectan procesos críticos,
y qué tan rápido se están reduciendo.
Cuando la seguridad se mide solo en términos de actividad operativa, se vuelve complejo alinear inversiones, prioridades y expectativas de negocio.
Qué cambia cuando el objetivo es reducir riesgo
Un enfoque orientado a la gestión continua del riesgo no reemplaza al SOC ni a la detección. Los pone en contexto.
La diferencia es que la operación deja de girar exclusivamente alrededor de los incidentes y comienza a enfocarse en:
- identificar condiciones de exposición antes de que sean explotadas,
- priorizar en función del impacto real en la organización,
- verificar que las acciones tomadas reduzcan el riesgo de forma tangible.
En lugar de vivir en ciclos de alerta-respuesta, la organización entra en un proceso continuo de mejora de su postura de seguridad.
El impacto en la resiliencia del negocio
Cuando la ciberseguridad deja de ser reactiva, cambia la conversación con el negocio.
Los equipos ya no hablan solo de amenazas detectadas, sino de riesgo reducido.
Las decisiones dejan de basarse en urgencias operativas y se alinean con procesos críticos.
Los recursos se asignan con base en impacto real, no en ruido.
Esto tiene efectos directos en continuidad, cumplimiento y confianza digital.
La seguridad deja de percibirse como un centro de respuesta a crisis y se convierte en una función estratégica que protege la capacidad de la organización para operar.
De la reacción a la operación del riesgo
El reto actual no es responder más rápido, sino necesitar responder menos.
Eso solo ocurre cuando el riesgo se gestiona de forma continua, con visibilidad, priorización y medición real de la reducción de exposición.
Este es el cambio de paradigma que está redefiniendo los modelos de seguridad modernos: pasar de una ciberseguridad basada en eventos a una operación enfocada en riesgo.
Y ese es el terreno donde un enfoque como el de un Cyber Risk Operations Center comienza a tomar sentido.
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